Envejecer, el arte de acercarse al buen morir

Envejecer es un arte y cultivar la serenidad en esta etapa vital es la clave para acercarse al buen morir. En lugar de emplear todas las fuerzas en destruir el envejecimiento, hay que rescatar conscientemente la vida que se labrará cuando las arrugas empiecen a cavar la piel humana.

La vejez y la muerte contrastan con el nacimiento y la vida. En la película El curioso caso de Benjamin Button, el protagonista nace cómo un bebé con aspecto de viejo y muere siendo un bebé reluciente pero agotado que ya no puede ni mamar.

Es en este contraste, que la historia nos permite reflexionar sobre la importancia de la Vida, desde su inicio hasta su inevitable final corporal. Cómo aquello que parecen inconvenientes se convierten en oportunidades o posibilidades no previstas.

Dissimular la vejez

En una sociedad lastrada por el culto a la juventud, toda la maquinaria socioeconómica se emplea a fondo para disimular y cuando no, hasta donde es posible, erradicar el envejecimiento.

Una sociedad saludable es aquella que se centra en rescatar y cultivar conscientemente la Vida, también aquella que se encuentra enterrada en las arrugas.

La Vida Humana es la mejor experiencia corporal que se nos es dada, por eso es bella en si misma y en su esencia podemos gozarla experimentando a fondo; y, cuando esta llega a su final, es tam simple que basta con saborear la luz que se abre frente a nosotros y simplemente reconocer la grandeza de la obra sentida hasta aquel instante.

Conciencia del tiempo

El proceso de envejecer es también tomar consciencia del tiempo como medida de cada estado de consciencia o evento experimentado. La vida humana no es una secuencia de eventos nostálgicos anclados en el pasado vivido, ni de fantasías que acontezcan en un futuro que no existe.

Lo único que trasciende a todo ser humano es su descendencia, los nuevos seres humanos que nos suceden y que gracias a su continuidad afirmamos nuestra centella de eternidad.

En la naturaleza, podemos observar la vida como un ciclo que transcurre lento cuya única finalidad es darle oportunidades que den más significado a la propia vida.

El morir en la vejez es, la mayor parte de las veces, un lento caminar para alcanzar el reto que nos hace humanos, y que nos brinda saborear cada bocado vital. Sea cual sea la emoción sentida, alegría o dolor, rabia o paz, etc. lo importante es ser consciente de lo que nos aporta cada momento presente.

La Vida Humana es la mejor experiencia corporal que se nos es dada, por eso es bella en si misma y en su esencia podemos gozarla experimentando a fondo.

La aportación del sosiego

Wilhem Schmid ha reflexionado sobre la vejez en su libro Sosiego. El arte de envejecer. Fruto de una experiencia propia envejeciendo este filósofo alemán aportó un método en diez pasos para hacer del envejecer un proceso sereno.

“El primer paso de esta senda es la disposición a reflexionar sobre las etapas de la vida, reconocer que dicha reflexión no siempre es la misma en cada una de las etapas, y comprender las características propias de la época de la vejez y del envejecimiento, para que sea más fácil que nos dejemos atrapar por la serenidad.”

La vida es un juego entre polos opuestos alegría-tristeza, miedo-esperanza, enfermedad-salud  y, sobre todo, ser-dejar de ser.  Cuando una persona es joven la vida no parece tener límites y está llena de energía, el campo de posibilidades no tiene límites.

Es en el segundo cuarto de la vida, se debe concretar la posibilidad que mejor podemos desarrollar, todo un reto. En esta etapa se consolida pues todo nuestro potencial.

A partir de los cincuenta, el tiempo empieza a a menguar lentamente la energía juvenil. La persona está pletórica, pero uno empieza a intuir que se alcanzó la mitad del camino y es el momento de celebrar cada sobro de la vida. Es entonces cuando se impone cultivar la serenidad.

Los retos del envejecimiento

“El envejecimiento nos sigue los pasos como un acosador, que no mantiene una distancia constante y al que por ello no podemos ignorar.” Por eso, es importante la comprensión de los retos que nos pone el envejecimiento.

Por ejemplo, la pérdida progresiva de independencia dado que algunas facultades nos menguan o la dependencia que nos obliga a tomar más conocimiento sobre la vida.

La vejez no es un trauma sino una nueva oportunidad, la misma que se le ofrece al ciego que puede aprende a leer con el tacto, o al sordo que reconocerá en los labios las palabras vocalizadas.

Es fundamental adoptar hábitos y costumbres con las que la persona se sienta a gusto y le aporte sosiego vital. El arte de vivir consiste también en la adquisición consciente de costumbres para dejarse llevar por ellas siempre que sea posible.

La regularidad tranquila con la que uno puede asumir los hábitos en la juventud le da opción a realizar varias funciones a la vez.

La serenidad de la vejez

En cambio, en la vejez las costumbres permiten ser más conscientes de la cotidianidad vital, a la vez que la tranquilidad que nos ofrecen es también una posibilidad para disfrutar más de cada momento.

La serenidad germina en la vejez cuando se disfruta conscientemente de los placeres y se entiende la felicidad como la seducción por las pequeñas delicias que la vida nos brinda a cada momento.

Delicias emocionales, delicias de pensamientos, deliciosas relaciones, que por un lado pueden teñirse de serena nostalgia, pero que a la vez se convierten en la excusa para conversar, para redactar unas memorias, para contar a los nietos vivencias singulares para nosotros.  

“La vida obliga a la aceptación serena de muchas cosas que no se pueden cambiar, en especial lo que se refiere a experimentar el dolor y la infelicidad.”

La experiencia senil

Sin duda, el dolor y la infelicidad son parte a menudo de la experiencia senil, pero tampoco hay que verlo como la cadena de opuestos que contrastan con los tópicos de la salud y la felicidad juveniles.

No se trata de ver la vida humana como la juventud positiva y la vejez negativa, sino de ver esta cómo una experiencia que fortalece la capacidad de resistir y de incrementar nuestra resiliencia vital.

El sufrimiento es casi inevitable en la experiencia senil, pero una vida llena de optimismo es también el bálsamo para transformar cualquier dolor. Además, las ganas de vivir sinceras pocas veces se ve lastrada por la enfermedad.

La vejez desgasta el organismo corporal, pero también lo prepara para el merecido descanso. Muchas personas mayores mueren plácidamente mientras duermen.

"Cuando la gracia se combina con las arrugas, resulta adorable. Hay un amanecer indescriptible en la vejez". Victor Hugo

En el umbral de una nueva realidad

Si la juventud es la etapa de descubrir sensaciones, la vejez es la etapa de paladearlas, tanto a nivel corporal como espiritual. De ahí que la amistad sea la gran aliada de una buena vejez.

Cultivar la amistad es sólo una cuestión de pragmatismo ante la inevitable soledad que el tiempo va labrando en nuestra existencia, sino una oportunidad para dar una dimensión de tiempo eterno a la chispa que nos mantiene el metabolismo corporal.

Cuando estamos con las personas amigas, el tiempo parece que se detiene y nos sumerge en la serenidad. Así mismo la amistad sirve a veces de consuelo, otras para anticipar experiencias que van a llegar.

El conocimiento ayuda a seguir adelante cuando se plantean preguntas tanto a nivel corporal (experiencias de los sentidos), cómo a nivel social (a partir de las sensaciones transmitidas por las relaciones) e incluso espiritual (a partir de las reflexiones y los pensamientos).

La serenidad es dichosa cuando no descarta la tristeza y la persona asume que su entorno se va reduciendo.

Acercarse al final de la vida

La vejez es sobre todo un espacio para aproximarse al final de la vida y, por tanto, para adentrarse en los detalles necesarios para afianzar una relación sana con la muerte y para aprender a convivir con ella.

Saber que se dispone de una cantidad limitada de tiempo es lo que convierte la vida que nos queda en valiosa. La vejez cuestiona sobre el hecho de morir más que sobre el deceso en sí mismo.

Una reflexión interesante sobre el proceso de morir y que este llegue casi de forma mágica, está magníficamente narrado en la magistral película La balada del Narayama

Pensar en cómo nos gustaría que fuesen los últimos instantes de la vida, es sin duda uno de los placeres en los que la persona puede sumergirse mientras bucea en la lentitud de la vejez.

Abrirse a la vida en el umbral de la nueva realidad que acompaña la vejez, (lo sabemos por experiencia de aquellas personas que nos han precedido) es una oportunidad para acercarse a la dimensión eterna de la Vida.

A esta energía que nos envuelve y de la que formamos parte se la puede denominar Dios, el Todo, la Nada, el Universo, el Tao, etc.

Cualquiera que sea la creencia cultural/religiosa, tanto si uno se siente energía, como carne y huesos y alma o con cualquier otra visión, la vejez es una invitación a la aceptación de lo vivido.

En el final de la vida

En el final de la vida no se juzga nada de lo vivido, ya que toda la experiencia vital ha contribuido a enriquecer nuestro Ser interno. Todos los moribundos lo han descrito como un momento de gran placidez.

Cada cual puede construire su propia visión, pero es un alivio confiar en que la vida como tal no termina con la muerte, sino únicamente la vida experimentada con el cuerpo físico.

Cómo reiteran algunos filósofos, el morir es abrirse a otra vida en el sueño del Ser. Por su parte, Lao Tse sentenció, Vivir es llegar y morir es volver.

Uno podría preguntarse ¿Y si no fuera así?  Entonces, esta vida que permite leer, ver, escuchar, sentir, trabajar, amar. odiar, etc. hay que valorarla como un proceso hermoso.

Pensar desde esta perspectiva, nos ayuda a disfrutar de un sereno envejecer y un plácido final. Al fin y al cabo, envejecer es acercarse serenamente al buen morir, más allá del dolor si este llega a alcanzarnos.

La vejez es un momento de felicidad sublime, de sentir el triunfo por lo vivido, de satisfacción por las responsabilidades cumplidas. Un momento para prepararse para la culminación que nos abre a la VIDA (en mayúsculas).

Reconocimiento

Artículo inspirado en la experiencia recogida por Wilhem Schmid. Imágenes de la película HUMAN (2015) de Yann Arthus-Bertrand.

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